CRÍTICA DE ARTES ESCÉNICAS 

 LOS LIMONES, LA NIEVE Y TODO LO DEMÁS ·  MATARILE 

Sala Ártika · Vigo  · 26/01/2019

 

Creación e interpretación: Mónica García y Ana Vallés
Asistencia técnica: Ricardo Santana
Iluminación, Espacio y Sonido en tiempo real: Baltasar Patiño

Fotografía: David Ruiz

Las obras, tanto escénicas como literarias, deberían cuidar siempre el comienzo y el final. Un buen inicio engancha al espectador y un buen final lo deja con ganas. Por supuesto que el medio también es importante, pero esto ya lo dijo Aristóteles en su Poética.

 

Matarile Teatro, de los que a estas alturas no debería tener que hacer las presentaciones, son una compañía que siempre cuida mucho esto de los inicios y los finales.


En su último trabajo: “Los limones, la nieve y todo lo demás” hay una entrada tan imprevista, efectiva y arrogante como sencilla. Sobre y bajo la música de Eurythmics y su “Sweet Dreams” entran en escena esas dos bestias que son Ana Vallés y Mónica García. Si bien es cierto que el apoyo de una canción conocida (y maravillosa) ayuda mucho a caldear ambientes, también está la presencia física, porque más allá de la imagen por la imagen y la estética por la estética, la presencia física en un espacio enorme, blanco y sin demasiadas posibilidades para ocultar oscuras intenciones, pues en esas circunstancias, o dominas muy bien el concepto: cuerpo en el espacio y espacio en el cuerpo o se te verá el plumero antes de que Annie Lenox susurre la última nota.

 

La incerteza, la búsqueda y el planteamiento continuado de atravesarse la una a la otra subrayan este trabajo a dúo en el que descubrimos, una vez más, la calidad corporal de Mónica y la no menos versatilidad física de Ana. Ambas conjugan el verbo danzar de manera que sus cuerpos transmiten la fuerza y la fragilidad a partes iguales.

 

El resultado de este trabajo es una carrera lenta y precisa hacia la arrogancia escénica. Ana suele hacer esto muy bien: plantea conceptos profundos de manera cordial y juega con pensamientos y danza sesudos que todo el mundo decodifica perfectamente, de ahí que llenen los teatros (por lo menos en Vigo así lo hacen) de un público que las idolatra.

 

Por otro lado, hay que resaltar que atreverse con el amarillo en escena supone dejar de lado antiguas manías teatreras y apostar por un lenguaje exento de actitudes conformistas. Los limones dan la sustancia viva a la mortalidad del raposo en vías de extinción en un espacio que se llena de alturas precisas a las que subirse huyendo de la realidad. La nieve, en vez de desangelar, ayuda a crear un tempo valsístico que choca con la potencia que retumba en el suelo al que cae.
La voz de Ana, sutil y humorística, descubre en medio del desierto blanco, la humanidad que el teatro aun debe mantener, porque la palabra sigue siendo un bien de esa humanidad.
Sin olvidarse de uno de los grandes valores siempre en alza de Matarile: su diseño de luces, otro personaje vivo y presente, que no prepotente, porque deja hacer a las artistas con un cuidado y mimo extremos. Enhorabuena a Patiño una vez más.
Matarile no juega a hacer, sino que hace.
Matarile no apuesta por un teatro del “todo vale” pues detrás de ese material escénico siempre se esconde la sinuosa sombra del metateatro, del qué, del por qué y del cómo.
Porque el teatro, sea moderno o antiguo, clásico o contemporáneo, no debe dejar nunca de ser lo que es: el lugar y la hora de la verdad.

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